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LA CAMISETA NO ME LA QUITO NUNCA MAS


Crecer siendo hincha de un equipo de fútbol nunca ha sido nada fácil, mucho menos para nosotros en Sudamérica con equipos tan irregulares dirigidos por juntas directivas nefastas y obscenas. La vida de un futbolero apasionado es breve, sencillamente nacemos, aprendemos a caminar, definimos nuestros gustos siendo niños, papá nos hace hinchas del equipo que ha seguido con pasión por toda la vida, que en realidad le ha sacado mas lagrimas que ninguna otra cosa, si no es papa será un primo, un amigo del colegio, un hermano mayor, un vecino que nos agrada o algunas veces el universo conspirara maravillosamente para que nos decantemos por algún color, algún jugador, algún grito.
Vamos creciendo con el paso del tiempo, nos vamos encantando cada vez mas por ese equipo en la televisión, poco a poco nos vamos interesando en las conversaciones que involucran al equipo, cada vez vamos entendiendo más, como se juega, como son las reglas, que significa ser un buen o un mal jugador. Así mismo vamos definiendo nuestra identidad futbolística, que tipo de fanático seremos, ¿apreciaremos a los líricos?, a los Xabi Hernández, a los Iniesta, a los Zidane, o seremos de la escuela rustica, la escuela de Gattuso, de Felipe Melo, de Sergio Ramos, o tal vez nos gustara mas la magia, nos gustara la sonrisa de Ronaldinho gambeteando, o a Messi encarando 10 rivales en fila, Aunque también existe la peligrosa chance de llegar a ser los famosos convenientes del fútbol, los niños malcriados que escogen ser del equipo que está de moda en el momento, que escogen al Real Madrid por facilidad, por miedo a escoger a un equipo de fútbol que los haga sufrir.
Pequeños detalles que nos definirán para siempre. En mi caso opté por la escuela rustica, el fútbol de potrero, el fútbol áspero lleno de rudeza, cuando apreciamos una barrida en seco, una dividida ganada en mitad de cancha con los tapones para adelante, crecí con una frase en mi vida “En el fútbol se permite todo; Puño, pata, todo. Hay que ser guapo, el que es cobarde no puede jugar al fútbol” fueron los valores futbolísticos que escogí de niño y mi vida se baso en eso.
Y esa es nuestra primera etapa como futboleros, ver los partidos del equipo del que somos hinchas, madrugar los sábados y domingos para ver los partidos de las ligas europeas, escoger nuestro jugador favorito en los partidos con amigos del barrio y colegio, ojear revistas y periódicos y sonreír cada vez que vemos una foto de nuestro equipo favorito en alguna hoja perdida. La vida es sencilla, amamos el fútbol, el aun no nos hace daño, solo nos da alegrías y creemos que siempre será así, pero no lo será, cambiará y nos llegará hacer mucho daño.
Luego en la adolescencia es cuando las cosas se vuelven complicadas de verdad, hemos forjado un carácter a lo largo de nuestras vidas, estamos atravesando una época de diferentes cambios hormonales y de temperamento, hemos creado valores y maneras de actuar ante las diferentes circunstancias de la vida y tratamos de hacerla lo más fácil posible,  pero por más que nos esforcemos en los ámbitos de la vida cotidiana nos damos cuenta que en el fútbol no hay tregua, la vida nos va mostrando  que el equipo que hemos amado desde niños no es el mejor del mundo, a veces ni siquiera es el mejor de la ciudad, las derrotas ya no las podemos evitar viendo Dragon Ball o jugando con los amigos a las escondidas, ahora las derrotas duelen de verdad, no puedes escapar de ellas por más que lo intentes, a eso se suma la inevitable presencia de amigos hinchas de los otros equipos, el constante bullying por parte de amigos, compañeros y familiares, y siempre, seas quien seas, vivas donde vivas habrá alguien que nos lleve por un camino de diferente pasión o que sencillamente nos quiera joder la existencia recordando esas dolorosas derrotas.
Recuerdo la primera derrota dolorosa de mi vida, Boca Juniors, el equipo del que me enamore inesperadamente a la edad de 5 años en maneras extrañas y singulares jugaba la final de copa libertadores después de 5 años de duros fracasos coperos, llegaba siendo el campeón invicto de la Argentina y teniendo al clásico rival riber plate (Lo escribo con B larga porque se me da la gana) en segunda categoría, nada podía ser mejor, había sacado al favorito del torneo Universidad de Chile en semifinales, equipo que en ese momento era el actual campeón de copa Sudamericana y tenia un equipo plagado de estrellas. La final era contra Corinthians de Brasil, un equipo discreto que llego a la final sin hacer mucho ruido y sin una figura notoria como siempre suele haber en un equipo brasilero, en cambio Boca llegaba con un Riquelme siendo Riquelme líder futbolístico y anímico del plantel, Santiago Silva un delantero con ADN Boca, el rustico y maravilloso Flaco Schiavi como libero en la defensa y un arquero polémico y copero como Agustín Orión, nada podía salir mal, pero salió mal, después de un 1-1 en la Bombonera con gol de Facundo Roncaglia Boca llego a Brasil desmotivado y perdió 2-0 la vuelta. Tuve la mala fortuna de ver el partido rodeado de tíos y primos mayores que no respetaron mi duelo y me jodieron la vida minuta a minuto. La primer gran decepción del fútbol, las primeras lagrimas por una derrota. Solo recuerdo que no les hable por varias semanas, sencillamente no podía.
La mía no fue ni la primera ni la ultima llorada por una derrota en la historia de la humanidad. Hace poco tuve que lidiar con la tusa futbolística de uno de mis mejores amigos, Millonarios vs Santa Fe definían el titulo colombiano, final capitalina, primera vez en la historia que estos dos equipos definían un título, el que perdiera sabia que tenia que irse de la ciudad por más títulos que lograra después. El partido de ida Millonarios siendo local dio el primer golpe y gano el partido 1-0, la vuelta fue a los ocho días, el marcador estaba abierto, a pesar de la ventaja Santa fe podía arrebatarle el titulo frente a su gente y con un estadio el Campin completamente pintado de rojo con una sensación de miedo más que de otra cosa. En un partido lleno de emociones Santa fe hizo el primer gol que le dio vida a su gente y avivo la final, en el segundo tiempo Millonarios empato el juego y con ese resultado era el campeón, pero al minuto 84 Morelo metió el gol que le daba vida a Santa Fe y mandaba el partido  a tiempo extra, la gente cantaba, saltaba y sabia que en tiempo extra lo daban vuelta, en todo el estadio se empezó a escuchar el aliento que en todo el partido no se había escuchado, la gente volvía a creer, las 38.000 almas que estaban en el estadio creían en el milagro “poropopon, poropopon el que no salta no es del león” cantaba la gente llena de vida y esperanza, cuando de la nada, en uno de los episodios mas extraños en la historia del fútbol un tal Henry Rojas hizo el mejor gol en la historia del fútbol Colombiano, 2-2 y campeón Millonarios. La vida cambio en ese momento, tanto para los azules como para los rojos, los azules aun cantan el gol como si hubiera sido hace dos horas, y los rojos aun sufren en silencio.
Mi buen amigo Santafereño no probó bocado en dos días, no hablo conmigo ni con su familia en una semana, se encerró en su duelo y por un tiempo nadie lo pudo sacar de ahí, le ardía el alma, recuerdas el gol y piensas en las mil maneras en que pudo ser evitado, culpas al otro equipo, al árbitro, al técnico de tu equipo,  a tus jugadores pero nada es suficiente,  es un dolor combinado con rabia y frustración, algo indescriptible para cualquier persona que no ha sufrido por fútbol. Con el paso del tiempo vas saliendo de ese oscuro agujero y vas aceptándolo de a pocos, pero a diferencia de una ruptura amorosa, de la perdida de un ser querido, ese dolor siempre estará en ti.

Estos son solo dos pequeños ejemplos de momentos que pueden marcar la vida de un futbolero para siempre, porque si algo es verdad en la vida es que los triunfos te marcan, pero las derrotas también y a veces te marcan el doble. Con el paso del tiempo mi buen amigo se recupero de la derrota y a pesar de intentar alejarse del equipo solo pudo hacerlo durante un mes, el amor siempre prevalecerá, es famosa la frase “aunque ganes o pierdas yo te vengo alentar”, volvió a seguir a Santa fe en las redes sociales, volvió a ponerse la camiseta cada domingo orgulloso de su equipo, volvió a ir al estadio y volvió a gritar con cada gol “el que no salta, no es del león”.
Por mi parte volví a seguir a Boca con la camiseta puesta a las pocas semanas sentado en mi sillón, el dolor estaba, pero el amor no desaparecía y por mas burlas y comentarios de todos los conocidos diciendo que no podía ser hincha de un equipo argentino ahí estaba, cantando frente al televisor, cerrando los ojos y soñando el momento en que pudiera entrar al templo, al lugar mas importante de mi vida, que aun sin conocerlo, me marcaría para siempre. Ocho años después de esa primera gran tusa por Boca lo sigo queriendo como cuando tenia 5 años, con el tiempo llegaron victorias y derrotas, algunas aun mas dolorosas que esa del 2012, algunas que en realidad aun no he podido superar y de las que no me atrevo ni siquiera a mencionar, porque aún me arde el alma, pero la camiseta no me la quito nunca más.



Daniel Dominguez.


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